Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 21 de diciembre de 1994.
Se me ocurren dos o tres momentos revoltosos a lo largo del año: uno es la entrada de la primavera, en donde el polen pulula por todas partes, los pájaros parecen volar más alto, la sangre se altera y muchas cosas más. El segundo, los carnavales, de los que prefiero definir tal revoltillo en otra ocasión. El tercero es la época de navidad, en la que todo el mundo es bueno; durante todo el año no importa lo huraño que hayas sido, pero en navidad todo es belén belén. Por mi parte, me alegro que incluso los menos inhumanos canten, aunque sea sólo en esta época; demuestran con ello que el célebre dicho que dice «borracho bebido no pierde tino» es muy cierto.
La Navidad, además de dejarnos los bolsillos rotos por las veces que metemos la mano en ellos con el objeto de comprar y comprar regalos a nuestros familiares y amigos, nos hace más personas, más humanos. Podemos comprobar que los conductores ya abren sus ventanillas para hablar con el niño que limpia los cristales o el joven que intercambia pañuelos de papel por algo de dinero. Son esos mismos quienes andando por la ciudad se paran en todos los mendigos para dejarles algunas monedas en sus rotos sombreros. Incluso, participan en las fiestas anuales de ciertas instituciones con la condición de que le estampen el adhesivo para mostrar a los demás que es muy caritativo. Por supuesto, no voy a juzgar si está o bien o mal tal proceder; eso que cada uno lo piense y llegue a una conclusión. Si quieren… nadie les obliga.
En lo que sí deseo manifestar mi opinión es en esa compasión mal entendida por muchos que se creen que la lacra social que nos envuelve está solamente presente en estas fechas y no durante todo el año. Sé que lo que digo es un tópico que dice mucha gente, sobre todo los representantes de esas instituciones humanitarias y caritativas, profesionales del trabajo social y muchos personajes concienciados con ayudar a los demás en tiempos de paz. Me refiero a eso que entendemos por paz bélica, pero pocos, muy pocos, conocen cómo participar en esa guerra social que nos invade durante el año. Quizá en navidad exista un mayor número de toxicómanos (alcoholismo y drogadicción) porque hay más gente buena. Puede que en navidad el número de prostitutas aumente porque nos volvemos más cariñosos. Seguro que el número de niños y jóvenes delincuentes sube porque todos queremos regalar algo, aunque sea robado… Son muy pocos, o casi nadie, los que se acercan al toxicómano que está ahí todo el año y le acompaña a un centro de rehabilitación después de invitarle a un bar a tomar un plato de sopa caliente; son pocos, o casi nadie, los que van a la prostituta y le llevan una bolsa con alimentos para su familia y, de camino, la llevan a casa. Desde luego, son muy pocos los que ven a un niño delincuente y se acercan para averiguar qué es lo que realmente le ocurre y se lo llevan a dar una vuelta, con la intención de comprarle alguna chuchería que de verdad le ilusione, si es que ese sentimiento aún lo conserva.
Compasión mal entendida. Por una parte, no es nuestra culpa el no disponer de las herramientas necesarias en todo momento para afrontar estos graves problemas; por otra parte, la tenemos porque es incómodo dedicar tiempo a solucionar problemas de los demás, que con los años se van volviendo nuestros. Pensamos que esos problemas, la delincuencia, las drogas, la prostitución, la mendicidad, etc., están en manos de profesionales que sí saben métodos de actuación, pero ellos solos no pueden. Hay que ayudarles, hay que preguntarles cómo debemos hacer, debemos informarnos qué debemos darles y lo que no debemos darles, porque en un acto de buena intención aportamos, sin duda, un problema social más a resolver que se acumulan con otros miles. Sin vergüenza ni miedo, también debemos aprender a dar para entender mejor la compasión.