Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 15 de abril de 1995.
En la casa de un gran machista, siempre encontrarás a una gran permisiva.
—Cariño, hazme de comer. —Sí, tesoro. —Cariño, alcánzame el periódico. —Sí, tesoro. —Cariño, prepárame el baño. —Sí, tesoro. —Cariño, tráeme una copa. —¡Sí, tesoro! ¿Quién tiene la culpa? Probablemente ellas dirán que él es un fresco caradura que podría colaborar y, si por lo menos no lo hace, que no dé el coñazo con sus peticiones de sultán porque, entre otras, tiene sus piernitas y sus manitas para poder atender ¡sus! necesidades.
Por otro lado, ellos dirán que llegan cansados del trabajo y que si hay buena voluntad y buena armonía afectiva, eso de llevarle una copa hasta el sofá o prepararle el baño, etc… no resulta tan desagradable; es más, amparados en el sentido y en el valor del amor, dirán que su pareja les mima en la mesa porque lo hace con el más de los profundos cariños, y así le salen los potajes. Ahora bien, ¿quién tiene la razón? O mejor dicho, de todas las razones, ¿cuáles son las más válidas?
Aunque soy joven y me considero el más burro de los estudiantes de esta universidad en la que estamos todos, que es la vida, hace algún tiempo vengo manteniendo una convicción (seria por lo menos para mí) de que, en este mundo, si existen machistas es gracias a nuestras permisivas féminas; claro que, cuando digo gracias, esas gracias pueden tener varias interpretaciones, una de fortuna o de gracia, y otra de desafortunio o culpa. Y lo digo con toda la tranquilidad del mundo y sin ánimo de crear guerrillas de origen ideológico, en cuanto a los roles de los hombres y las mujeres de nuestra sociedad y que, en mentes tergiversadas, pueden crear batallas sexistas. Desde luego, esa no es la intención y deseo aclararlo. La intención es muy simple: dar a conocer mi convicción de que los núcleos familiares (lo más básico de un organigrama social de cualquier país) poseen la dinámica socio-educativa que le corresponde porque esa es la que se ha creado oriundamente desde los propios miembros de la familia, concretamente desde los máximos exponentes (el padre y la madre) y que son los responsables directos de todo lo que allí ocurra. Ahora bien, si el padre es un redomado machista y la madre lo permite (y aquí creo que deberíamos separar muy bien el tema sentimientos), lógicamente en esta familia se creará a la vez diversos malestares que condicionan y deterioran muchas cosas, como la educación de los hijos en donde el saber el porqué de las cosas carece de sentido, la relación de pareja que vive en un pleno miedo al supuesto machista y de malentendida sumisión de la compañera, los rasgos intercomunicativos de todos los miembros de la familia donde los contenidos emocionales y los consensos de democracia familiar son escasos o bastante reducidos, etc.
Dentro de la comodidad que puede suponer el que a uno le traigan el periódico cuando llegas cansado, o traer un café (que siempre es de agradecer), o de preparar el baño con cariño, porque tiernamente piensa «pobrecito, que mal lo veo», dentro de todas estas posibilidades y de algunas más que ahora no se me ocurren, y también dentro del reconocimiento de que un pastel de ese tipo no le ripia a nadie, pues he decir que, si todo ello va refrendado en el nombre del amor con verdad de justicia, cualquier sacrificio de ese tipo carece, precisamente, del sentido profundo de sacrificio, ya que no es tal que el que uno mime de forma agradable a los miembros de la casa, no es sacrificio lavar los platos cuando está cansada, ni ir a recoger a los niños al colegio para que ella pueda hacerse la cera, ni poner la lavadora mientras descansa un poco, ni hacer la cena cuando está haciéndose el último tinte. Nada de ello es sacrificio porque tiene el sentido de la reciprocidad, de responder a una serie de responsabilidades y compromisos con todo el amor del mundo, de hacer ver en la práctica que la fórmula Tú + Yo es igual a «forever» multiplicado por lo que venga es real y funciona, sostenido en un incondicional amor que es lo que lo hace inamovible.
Machistas siempre los ha habido, me refiero a ese machista tosco y egoísta. Permisivas han secundado tales actitudes. ¿Quién tiene la culpa y de qué sirve quejarnos siempre de lo mismo, cuando cada día nos acostamos con las mismas sensaciones de carencias de libertad y de deseos de volar en pareja?