Publicado en canaryinfo.com, marzo 2008.
Hace ya unos buenos cuantos años, cuando Goleman nos recomendaba en un best seller, la importancia de manejar y controlar las emociones propias. Y el siguiente paso, una vez conseguido el gran triunfo del control sobre el propio yo, sería llegar a comprender, identificar y manejar las emociones de los demás. ¡Casi nada! La enseñanza aportada por Goleman, la cual ha sido ampliada y muy extendida por otros numerosos autores, se basa en el control emocional conducido a través de sus cinco pilares fundamentales: el autoconocimiento, la autorregulación, la automotivación, la empatía y las habilidades sociales. Va a ser posible una autorregulación eficaz cuando seamos capaces de identificar nuestras emociones predominantes y saberlas conducir; para ello se hace muy necesario realizar evaluaciones precisas (justas) sobre nosotros mismos, intentando no caer, en nuestras reflexiones, en pensamientos o sentimientos que nos lleven al autoengaño. Ser tremendamente sinceros y justos con nosotros mismos nos puede llevar a un desarrollo personal adecuado. Después de la ardua tarea de conocernos a nosotros mismos, comienza la otra labor de autocontrolarnos, es decir, de canalizar por el filtro de la razón, todas nuestras emociones o, al menos, aquellas que nos generan dificultades en las relaciones y en la comunicación (con nosotros mismos y con los demás). Cuando hablamos de control emocional no queremos decir, por supuesto, que nos convirtamos en personas frías y calculadoras (creo importante aclarar esto pues las personas no somos calvas o tenemos tres pelucas) ni que viremos la cara ante situaciones emocionales que nos pueden afectar. El control emocional, bajo mi punto de vista, es aquel que se maneja eficazmente una vez que se ha “vivido” suficientemente y con la intensidad que corresponda; la habilidad del control emocional reside, precisamente, en no alargar demasiado esos momentos emocionales intensos que nos pueden afectar negativamente, conduciéndolos por la vía de la razón. Cierto que puede ser tarea compleja, aunque no imposible, o como dice Richard Bach, “justifica tus limitaciones y ciertamente las tendrás”. Y ya todos sabemos lo que pasa con las personas que deciden autolimitarse. Me explico ¿no?
El tercer pilar, la automotivación, es esa herramienta cotidiana que necesitamos las personas para empujarnos a nosotros mismos. Hay personas que necesitan motivaciones de los otros (de sus parejas, de sus jefes, de sus compañeros, etc.) para animarse a moverse. Si cambiamos la motivación externa por la interna, es decir, si necesitamos lo menos posible del empuje exterior y generamos nuestra propia energía para animarnos a hacer lo que tenemos que hacer, las cosas cambian… y muchísimo. Al fin y al cabo, la propia persona es la única responsable de las emociones, pensamientos y acciones. Por lo tanto, los otros son importantes como apoyo, etc. aunque no imprescindibles para la toma de decisiones que tenemos que afrontar en la construcción de nuestro yo, tanto personal como profesional. En el mundo empresarial vemos a algunas empresas con líderes con estilo paternalista que han “seleccionado y encontrado” a empleados inmaduros que necesitan que les digan, todo el tiempo, qué es lo que tienen que hacer, cómo tienen que hacerlo, cuándo, etc. ¡Qué pérdida de recursos, de tiempo, de tantas cosas…! Puede decirse que se parece bastante a una relación simbiótica, ya que ambos se necesitan y se buscan: el jefe atrae al trabajador inmaduro al cual le “enseña” cómo se hacen las cosas. A pesar de que esa enseñanza pueda durar toda la vida, ese trabajador vive esa dependencia con total normalidad y probablemente no sea consciente de las limitaciones de la misma. En mi opinión, en este caso concreto, tendrían que desarrollarse ambas partes, pues ambos limitan tanto el autodesarrollo como el desarrollo del otro, dando prioridad a cubrir unas necesidades personales que, probablemente, serán de tipo individual y con altos componentes egocéntricos, es decir, centradas en las necesidades propias y menos en las colectivas. Como todos sabemos, las relaciones interpersonales impregnadas de vínculos afectivos, son generadores de motivaciones e intereses. En el ejemplo que he puesto anteriormente, ese vínculo se torna negativo porque precisamente ese tipo de relación impide el crecimiento auténtico y positivo.
También es muy interesante toda la literatura sobre la empatía, o la habilidad para ponerse en el lugar del otro. Bajo mi criterio, ponerse en el “pellejo” del otro tiene dos puntos de vista: el emocional (qué es lo que está sintiendo la otra persona) y desde el punto de vista del pensamiento (qué es lo que está pensando la otra persona). Esta doble visión empática nos puede ayudar, sobre todo, en cómo nos vamos a relacionar y comunicar con los otros; es decir, adquiriendo capacidad empática seguramente logremos ser más finos a la hora de tratar a los otros ya que podemos identificar posibles estados psicoemocionales. También la enseñanza del comportamiento del cuerpo (lenguaje no verbal) nos acerca a ese camino de conocer e identificar cómo se siente y qué puede estar pensando una persona. Esa habilidad nos ayuda a controlar y adecuar nuestro comportamiento al de los otros y así establecer una apropiada relación y comunicación.
Por último, las habilidades sociales, o todo eso que nos enseñan desde pequeñitos en nuestras casas y en la escuela, como por ejemplo, pedir las cosas por favor, dar las gracias, hacer un elogio, etc. En esto, el profesor Manuel Segura es una auténtica eminencia y nos ilustra, tanto en su literatura como en sus cursos, sobre la importancia de no perder el hábito de las buenas maneras (de ser educados) en todo momento ya que eso genera cercanía afectiva, percepciones positivas, fidelización y otros muchos componentes necesarios en la vida cotidiana, también la profesional. Disponer de las habilidades sociales adecuadas es tener, en nuestro maletín competencial, herramientas fundamentales para que nuestras relaciones y nuestra comunicación con los otros sea la más adecuada. Y es que todos buscamos y esperamos lo mismo ¿o no? Relacionarnos (y trabajar) con personas educadas, con actitudes positivas hacia el trabajo que hagan que la experiencia del día a día no sea tormentosa, bien preparadas tanto profesional como personalmente, que sean capaces de hacer lo que tienen que hacer y, además, aportar todo lo que puedan en beneficio de lo colectivo.
Si todos estamos de acuerdo en todo esto y lo valoramos como algo positivo, esta idea se convierte en un objetivo (alcanzable) y no en un estado ideal (utópico). Si las empresas se desarrollan, los empleados también. Por eso, defiendo la idea de que la inteligencia emocional en las empresas es cosa de todos, desde los directivos hasta el personal de base, ya que el comportamiento inteligente solo lo podemos desarrollar los humanos.