Publicado en el periódico EL DIA, en noviembre de 1994.
Te ofrecería una casa
o mejor un chalé
al estilo Boyer.
Te ofrecería
un mundo de comodidades.
Una residencia estival
a pie de playa en el levante
o en Madagascar;
un yate con pantalán.
Una sirvienta, un cocinero,
un mayordomo y jardineros a go go.
Podría montarte una boutique
para que te maltrates
en tus decadentes tiempos;
quizá una agencia de algo
no te vendría nada mal.
Podría incluso animarte
para algún monográfico en la universidad.
Para los aburridos momentos hogareños,
un loro te haría compañía,
o cualquier animalejo
que alegrara tu vida.
Llenarte de hijos,
un montón de ellos,
para que no tengas ni un momento
en que me recuerdes en tus sueños.
Igual eso te haría feliz.
Pero ni tus temples
serían los mismos,
ni tus potajes, ni tu alegría
serían los mismos.
Ni tu sonrisa
sería la misma.
Ni la tierna aventura
de que intentaras tener
siempre algo conmigo
sería la misma.
Estarías ocupada en otros menesteres.
Podría darte un sinfín de cosas
pero tu sonrisa
no sería la misma.
Creo adivinar que lo que pretendes
es compartir tiempos juntos;
hacerme y hacerte ese potaje
con cariño,
frotarte y frotarme la espalda
con mimos,
decirme y decirte con gestos
cuánto nos queda por delante.
Si no fuera así,
el potaje no sería el mismo,
saldría con sabor a quemado,
igual que los sentimientos
sabrían a abismos.
La intención, en todo caso,
es que seas feliz conmigo,
y si el potaje se te quema
más tiempo tendremos
para hacer uno nuevo.
Por eso, te ofrezco
un mundo lleno de penurias
todas sanas,
igualmente llenas de amor
que para ti mi alma emana.