Artículo publicado en el periódico EL DIA, en la columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 1995-96.
Si dices que el amor no ha pasado por tu vida, es que aún no has nacido.

Ese mundo insustituible, que es el de los sentimientos, a veces lo intentamos parchear porque nos puede abrumar el cómo una persona lo puede estar pasando mal por no disponer de alguien que le quiera. El simple hecho de reconocer que a uno le falta cariño no es tarea fácil ya que estamos descubriendo algo muy personal e íntimo; la verdad es que todo lo relacionado con el mundo afectivo y emocional es lo suficientemente íntimo y personal como para no hacerlo extensivo a todo el mundo y, por eso, seleccionamos muy bien a quien le vamos a transmitir nuestras miserias y nuestras carencias. Creo que es mucho mas fácil hablar de nuestras necesidades económicas (vamos al banco y le decimos a un desconocido el objeto de nuestras peticiones) que de la falta de cariño que podamos sentir en un momento determinado y a un nivel determinado. Por ejemplo, nuestra familia se encarga, desde que nacemos, de darnos ese cariño familiar que toda persona necesita; incluso, en ese plano familiar, distingo el cariño concreto que da una madre, que es diferente al que da un padre o el que dan los hermanos, los tíos o el resto de la familia, etc. Vamos creciendo y descubrimos el cariño de los amigos o el de los conocidos ocasionalmente o temporales (aquellos que conoces en una etapa de tu vida y del devenir diario surge un afecto sin más). Ese cariño importante de un amigo o amiga importante al que le dedicas bastante tiempo y del conocimiento mutuo y del compartir con absoluta confianza, surge el amor especial a ese amigo o amiga, y que ni el espacio ni el tiempo sirve de escusa para que no se recuerde y sienta a esa persona de una forma especialmente profunda. A lo largo de nuestra vida, también descubrimos otras formas del cariño que nos van a hacer sentirnos especiales y privilegiados; es, sin duda, una constante en nuestro descubrimiento de nuesrea parte más emocional. Seguramente, todos recordamos nuestro primer amor, algunos con más agrado que otros, dependiendo de cómo fue la experiencia y cuáles eran las expectativas que tenía hacia esa pareja; seguramente, también recordamos un amor especial que nos hizo vibrar y sentir algo que es difícil explicar con palabras y que nos hizo vivir que todo el amor del mundo lo teníamos nosotros aunque sólo fuera en ese instante. También descubrimos el amor hacia nuestros hijos; piensen por un momento la cara de “bobos” que no se nos pone cuando les hacemos carantoñas a los bebés o la emoción que se siente cuando recibimos la primera tarjeta de navidad hecho por nuestro hijo de nivel de preescolar; o la expresiñon de orgullo paterno y/o materno cuando recibimos las primeras calificaciones de primer curso; podemos recordar también como fue nuestra expresión más emocional cuando hicieron la primera comunión, o la expresión de horror que se nos puso cuando nos mandó la primera foto de la mili con el pelo rapado, luciendo el pabellón auditivo en su máximo esplendor y con el uniforme de faena lleno de trinchas y de artefactos bélicos; no nos podemos olvidar la emoción y el sentimiento de pérdida cuando vemos que un hijo se nos casa y nuestro miedo a que si el chico va a estar bien y si la muchacha que se lo lleva sabrá hacer de comer bien. Todas estas expresiones manifiestan, sin duda, el cariño, el amor, el afecto, etc. que podamos sentir por alguien, ya sea porque es de la familia o porque forma parte de nuestra vida de forma especial, pero ninguna de ellos es irremplazable por otro. Es obvio que las carencias afectivas que puede sentir alguien porque en su vida no tiene ese alguien especial con quien cenar de forma romántica; los ramos de rosas enviados a las madres por su día son totalmente diferentes al que se les entrega a las novias o parejas. Son cariños o amores diferentes, ni mejores ni peores, pero eso si, irremplazables. A veces nos equivocamos e intentamos llenar esas lagunas afectivas con sucedáneos que palien, de alguna forma, nuestras necesidades. Las carencias afectivas o ese vacío que tenemos en el alma es difícil llenarlos y más cuando no hemos identificado qué es lo que queremos y qué es lo que necesitamos, pues está en juego algo realmente trascendental y que, muchas veces, restamos la importancia que tiene y es nuestro nivel de entrega, que es proporcional a nuestro nivel de calidad y cantidad de sentimiento que ponemos en la ardua tarea de ser honestos con nosotros mismos sin caer en el dicho: “un dulce no amarga a nadie”.