Circunstancias de la vida

Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha  (desconocida).

 

La trigonometría de la vida no existe. A la concurrencia del amor, el odio y la indiferencia se la denomina trilogía y ésta es inmedible.

LA VIDA, esa manta que aúna un sinfín de circunstancias, tiene en sus puntas muchos tirones que pretenden sacudir el molesto polvo de terráquea presencia. También la manta dispone de algunos agujeros por donde se vierten las lágrimas que no van a ningún sitio, lágrimas de dolor y desesperanza, aunque ésta sea lo último que se pierda. Las partes más lisas de la manta sólo sirven para apaciguar los ecos de los ya pocos momentos de risas añoradas. Una manta que ve las alegrías de las pasiones y encantos humanos; también sentimientos y emociones más funestos y crueles, como la vida misma.

Alberto es un jubilado de 70 años que empezó a disfrutar de la vida hace tan sólo cinco, porque disponía de tiempo para estar con su escasa familia; sus hijos crecieron en un entorno en donde al padre lo veían prácticamente en la foto porque él estaba siempre produciendo para que todo estuviera en orden. Ignoraba que a Marta, su esposa, le iba venciendo un cáncer que cuando menos se lo esperaba apareció en su manifestación más severa. A Alberto se le murió el amor porque cuando lo tuvo lo aprovechó a tiempo. Cuenta los días y no pasa ni un segundo en que no se acuerde de ella; su Marta, la única mujer de su vida, la esposa con la que imaginó hablar de tantas cosas. Aunque a él le duela, tiene que reconocer que la vida sigue.

Raquel es una muchacha de 17 años y estudiar nunca ha sido lo suyo. Se puso a trabajar y pronto encontró novio, no formal porque no entraba en casa, pero un muchacho apuesto y de bien parecer. A su madre no le gustaba que anduvieran haciendo cosas a escondidas y, aunque no fue permisiva en el uso de ciertas cuestiones de pareja, sí entendía que mejor en la discreción que en la incidencia. Raquel quedó embarazada y ahora sólo piensa en dar a luz a su niña y ponerle el nombre de Laura, como su abuela. No tiene un planteamiento de futuro ni se ha preocupado de los problemas socio-familiares que se le pueden plantear en un núcleo familiar sin la figura del padre, porque él se asustó y huyó del problema. Ella piensa de vez en cuando en el refrán de su abuela: «burro cargado busca camino» y sigue adelante, como la vida.

Fran y Mari son una pareja de jóvenes que iban a casarse hasta que un accidente de circulación no sólo paralizó la idea, sino también a Fran. Después de muchas sesiones de rehabilitación, le han diagnosticado tetraplejia permanente y aunque a Mari no le importaría casarse incluso con su enfermedad, él no quiere verse atormentado pensando que ella pudo rehacer su vida y él encontrarse incómodo dependiendo siempre de otras personas. Un centro para él y una vida nueva para ella es la mejor solución, piensa Fran. Pero a qué precio todo ello. La vida ya ha decidido el importe.

Elena dejó a su pareja de toda la vida porque se quedó embarazada y decidió abortar; según ella, no era el mejor momento para tener hijos. No tenía muy claro lo de la maternidad y si él debía ser padre de sus hijos. Aparte de las secuelas psíquicas tan profundas que debió superar con esa práctica anti-vida, el precio que está pagando por su decisión vital es el que ya no debe preocuparse más por el tema maternidad, porque a quien le hizo la intervención le llaman «el chapuzas» y a ella le hicieron una chapucería de las gordas, tan gorda que adiós hijos. Le consuela que quien pudo ser su marido y el padre de sus hijos todavía esté a su lado acompañándola en los avatares de la supervivencia.

AUNQUE todas estas historias son imaginarias, podrían perfectamente pertenecer a la realidad de la vida y que, por el morbo de saber a quién le ha caído tanta desgracia, daríamos nuestros más preciados tesoros; luego, todos sabemos de la cruz que cada uno cargamos. Pero es no es lo importante, lo importante es que la vida pasa por delante de nosotros y a cada paso nos recuerda, a través de la conciencia, que el corazón nos duele más que la cabeza. Los acetilsalicílicos no pueden hacer nada ahí y por eso buscamos soluciones de venas, de tiros o de ahogamientos muchas veces frustrados por la cobardía de nuestro ser; esa carencia de valentía que nos hizo falta para afrontar nuestras pruebas, aquellas que tuvimos que saltar para comprobar que es más fácil el mundo que como lo pintamos; sólo tenemos que poner un poco de nosotros mismos, de nuestra conciencia y de nuestros corazones. Dejarles trabajar a ellos porque los comecocos ya los tenemos en la vida normal: la caja-tonta, la gente que aún no se ha dado cuenta que hace daño, etc. dejemos a los árboles crecer, al perro ladrar y a los niños jugar con ese árbol y con ese perro. Apostemos por la vida porque es lo más hermoso de lo que hoy por hoy podemos disfrutar con dignidad. Ante la pregunta que nos hacemos cuando las cosas van lo bien que nosotros queremos de que si Dios existe, tendríamos que realizarla a la inversa (¿existo como persona?) con toda la humildad y entereza de la que en ese momento dispusiéramos.

Un último ruego: dejemos descansar en paz a la vida.

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