Cruz Roja, o el amor que todo lo puede

Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 22 de noviembre de 1994.

 

Podrá nublarse el sol eternamente; podrá secarse en un instante el mar; podrá romperse el eje de la tierra como un débil cristal. 

¡Todo sucederá! Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón, pero jamás en mi podrá apagarse la llama de tu amor. (G.A. Bécquer)

Estás dentro y la amas. Cuando estás fuera, ¿qué ocurre? Antecede el respeto y luego resulta hasta gracioso unas veces, dramático otras, escuchar y leer comentarios de otras personas acerca de la Cruz Roja, esa institución que, sin objeciones, nos resulta a muchos más que familiar. Son comentarios de todo tipo. Por ejemplo, el señor Coello apuntaba el otro día en un artículo en la prensa algo que tenía que ver con la entrada del nuevo presidente y con la salida de los anteriores. Muchos añoran a los antiguos mandatarios; al señor Acuña Dorta, al desaparecido doctor Folch Jou, don Julio Hardisson, etc., y más recientemente otros muchos echan pestes del recién salido González Bethencourt que, al final, se fue creyendo que amaba a la Cruz Roja. Muchos piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor cuando entendemos que la Cruz Roja nunca ha tenido banderas políticas, ni de izquierdas ni de derechas, lo que si ha tenido son gobernantes con ideales y cargos políticos y que, algunos, solo unos pocos, aprendieron a quitarse la chaqueta en el momento de entrar en los locales de esta institución. En mi caso no puedo decir que cualquier tiempo pasado fue mejor porque creo que la Cruz Roja ha cambiado sustancialmente su forma de ver las cosas, de actuar en la sociedad que demanda servicios que no sean los fundamentalmente sanitarios. En mi caso, y en todo caso, me alegro de los cambios que hasta ahora ha habido; los valoro como positivos pero mejorables. Lo que no ha sido tan positivo es la forma cómo se hizo. Por ejemplo, infravalorando la entrega de muchas personas super valiosas que hoy podrían estar realizando labores ya con el curtimiento de la experiencia de varios años y jerarquizando demasiado una institución que su labor trasciende fundamentalmente a las tareas sociales y que, poco a poco, van llenando los plannings de actuación. Desde luego, el pasado trae bonitos recuerdos, pero sólo eso. El hacer cola en aquellas listas para ir un domingo de servicio al puesto de las Teresitas cuando se compartía solar con la Policía Municipal, eso ciertamente ya no se ve y posiblemente esa pérdida sea irreversible. El tener una lista repleta de voluntarios dispuestos a todo con tal de subirse a una ambulancia, eso creo que quedó lejos. O el convocar un curso (o reunión) de Juventud para formar o informar al personal, y tener que decirles «por favor, no llamen más porque todo está a tope, será para la próxima vez», eso pertenece, sin duda, al pasado, a un pasado remoto y lejano. El presente es otro. La realidad es otra, como tener que pedirles de favor a los voluntarios que si pueden hacer un servicio y a lo mejor consigues que alguien vaya. Parece como si al «mogollón» de jóvenes (y no tan jóvenes) que acuden para ingresar como voluntarios se les pusieran impedimentos y/o se les tratara de «pisotear» en sus funciones altruistas. Las consecuencias son asombrosamente trágicas: los voluntarios se van, no quieren saber nada que tenga que ver con esta institución. Quiero decir con todo esto que tales «asuntillos» son para analizarlos profundamente por las altas esferas de la Cruz Roja. Pregunten y hablen con los voluntarios, esos currantes de base a ver lo que les dicen, y luego evalúense para mejorar un bien común que es Cruz Roja y, después si procede, a sí mismos.

Esa tarea es ardua y lenta. Hablaba el otro día con un compañero y amigo sobre lo desagradecidas y poco reconocidas que son las labores que se desempeñan en esta santa casa, resultando muy penoso y triste irse a casa con un montón de desalientos absurdos. Es cierto, pero mientras, les seguiré diciendo que si uno lleva por dentro el gusanillo de Cruz Roja y la ama de verdad, pese a todos los pesares, aquí o en otra parte, seguirá amándola en acción por muchos muros que nos encontraremos. Lo importante es seguir adelante y no desmoralizarse ante las zancadillas, por cierto puñeteras zancadillas.

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