El arte de ser sincero.

Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 7 de diciembre de 1994.

La única verdad de Ia verdad es que es una falacia.

Parece mentira, pero es verdad. Hoy en día ser sincero es cosa de artistas porque cuanto nos cuesta emitir únicamente la verdad y nada más que la verdad. Y si no, pensemos por un instante en la cantidad de «mentirijillas» o «mentirijotas» que decimos durante el día, justificadas o no, piadosas o no, pero las decimos. Y luego pensemos en la cantidad de tiempo que se pierde en descubrir que aquello no era tal verdad y durante todo ese tiempo estuvimos nadando en tierra mientras era agua lo que oímos a través de las enmascaradas palabras. Lo hacemos por temor, por nuestros miedos, para evitar nuestras desgracias, por conseguir de la gente a la que queremos o que nos interesa permanecer más tiempo a su lado… Casi la mayoría de las mentiras me atrevería a decir que son sanas, o por lo menos, dichas sin mala intención. Pero la mala intención podría estar muy cerca cuando desviamos la verdad hacia objetivos que son propiamente nuestros, sin tener en cuenta la verdad de otras personas a quienes deseamos lo mejor. Parece que el tiempo, ese incansable de nuestra existencia, está peleado con la autenticidad de la verdad. Queremos conseguir cosas, queremos controlar a personas, queremos disponer de todo cuanto se nos muestra, queremos manipularlo todo a través del poder que nos brinda cada átomo de materia, queremos tenerlo todo excepto la verdad, porque no nos interesa, porque nos costaría más tiempo conseguir nuestras metas, porque no tendríamos quizá tanto poder, porque probablemente la verdad está reñida con el respeto, eso que casi ya no existe o que practicamos muy poco.
Respeto, verdad y tiempo. Una trilogía verdaderamente difícil pero alcanzable. Quizá la llave de tal descubrimiento la podemos encontrar en la simpleza de siempre respetar a quienes nos rodean en un intento de manifestaciones sinceras constantes y ascendentes durante todo el tiempo en que dure el paso por, esta, nuestra existencia. Todo ello porque dormir con la conciencia tranquila es algo realmente maravilloso; también porque las personas que nos rodean no se merecen que pierdan su tiempo con nuestras mentiras; además, porque cada uno tiene su verdad y debemos respetarla, aunque ello signifique un desvío de nuestros objetivos, que son siempre temporales.
Ahora pensemos en las consecuencias de las mentiras y sus derivados, o sea, la carencia de respeto y la pérdida de tiempo que causamos a otros. Cuántas parejas rotas, cuántas familias disueltas por la incomprensión que produce todo ello, cuánto desempleo ha originado la desconfianza, cuántos malos tragos ocasiona la omisión de la verdad, cuántos amigos desheredados conviven entre su miseria de soledad creada por la decepción. La bola de nieve de la mentira va siendo desmesuradamente aterradora de forma proporcional a la calidad de las mismas y ocasiona, sin dudas, que esa desconfianza y esa falta de respeto perjudique seriamente la salud de quienes compartieron un día otros valores y pasen, ahora, «simplemente» a compartir indiferencia irreversible.

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