El valor de la crítica

Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 22 de febrero de 1995.

 

Dices que cada día te gustan más mis poemas. A estas horas me imagino que te hayas dado cuenta que son tus ánimos los responsables.

No sé por qué extraña razón la gente se empeña cada día en no reconocer tanto las cosas y los méritos de los amigos y personas cercanas. Quizá sean las ansias de protagonismo o de poder que hacen suprimir valores tales como dar la enhorabuena a su amigo por sacarse el carné de conducir, por haber aprobado el examen de selectividad o simplemente en felicitar a alguien por algo que verdaderamente creemos que se merece. En pedagogía se utilizan ciertas técnicas llamadas de refuerzo positivo; la idea consiste en emplear en su momento tales técnicas, que es simplemente premiar al alumno comentando cuando hace algún ejercicio bien delante de sus compañeros, con el objetivo fundamental de que eso le estimule y siga haciéndolo así de bien o incluso mejor. Según los especialistas, el utilizarlas mejora el rendimiento del alumno y se consiguen resultados realmente óptimos; esos refuerzos positivos dan sus frutos, haciendo que personas poco concentradas y que no poseen hábitos de estudio se preocupen de estar pendientes, estando sus refuerzos premiados con el reconocimiento de sus educadores. Está claro que a nadie le amarga un dulce.

El otro día hablaba con don Ricardo (un maestro de mi infancia y probablemente parte responsable de mi afición por la escritura y de este artículo), y comentamos las lagunas existentes (de forma generalizada) en nuestra sociedad de lo que cuando nos volvemos un poco más adultos denominamos habilidades sociales. Eso de dar las gracias cuando se deba hacer, felicitar a alguien, pedir por favor las cosas, etc. son temas que apenas se oyen y se viven en las calles. Oír decir a alguien gracias por algo es tener que hacer una cruz por la azaña. Es increíble pero cierto. No sé si es falta de educación o es tener mucha vergüenza por aplaudir y valorar los pasos de los demás, o es falta de madurez… Quizá sea un poquito de todo eso junto y algo más que se me quede en el tintero. Lo cierto es que es un tanto decepcionante, porque no hay que comentar siquiera, ni imaginar cuánto se valora el que llegue alguien y te manifieste algo meritoriamente positivo, algo que te entusiasme y te dé fuerzas para continuar, algo que mínimamente te estimule a seguir intentándolo con todas tus fuerzas.

Se acostumbra uno a recibir las salpicaduras de las críticas más severas y negativas de aquellas cosas que a juicio de otros no sirven. Se acostumbra uno a que, cuando humanamente cometemos un error, nos lo recuerden enseguida y que cuando realizamos algo bien ni siquiera nos lo nombren. Se acostumbra uno a muchas cosas pero, ¡diablos! Se echa tanto de menos una cordialidad que, además, no cuesta ni un miserable duro. Hablo de la cordialidad sincera y abierta manifestada a través de personas cuyo espíritu crítico está lejos de servir a la más hipócrita de las malas y retorcidas intenciones humanas. Creo que me entienden. Cada estrella brilla por su propia luz y no por eso hay que apagar las otras. Cada persona posee un estilo de hacer y decir las cosas y por ello nadie es peor ni mejor, sino diferente, y eso es lo que nos hace ser personas: el respeto y la alegría de pertenecer a una época en que brillaron ciertas estrellas, personas, sucesos, etc.

Pues sí, querido amigo y maestro don Ricardo, cada día uno debe y tiene que levantarse con el reto de seguir haciendo lo que más nos llene sin esperar que regocijantes felicitaciones y enhorabuenas nos animen. Desde luego, sería una pedantería pensar que sobran estos reconocimientos que necesitamos de los demás. Mientras aparecen (no perdamos la esperanza) debemos seguir con el aliento que nos dan los incondicionales. Debemos aceptar incluso las críticas que no oímos.

Pienso que debemos crear nuestros propios refuerzos positivos de la misma manera en que creemos no poner impedimentos para aprender las habilidades sociales que nos faltan. Y del miedo de algunas personas a reconocer sus propias lagunas mejor ni hablar, porque entonces hasta el valor que posee la crítica, lo más positivo que podemos sacar de ella, ese probablemente no lo encontraríamos porque simplemente no existe. De verdad y de corazón, reconozcamos… ¿se sabe criticar? Me queda, solamente, criticar a aquellas críticas sin argumentos.

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