Publicado en el periódico EL DÍA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 23 de diciembre de 1995.
La felicidad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace (Jean Paul Sartre).
Ahora ya no hay excusa. Puede usted elegir la forma en cómo desea contraer matrimonio dependiendo siempre de sus convicciones o apetencias personales. Socialmente, a la Santa Iglesia Católica la destronó el Poder Judicial, que abrió la alternativa de atar el compromiso de forma simultánea; usted se casaba primero por el Juzgado y luego por la Iglesia, creyera o no en el Santo Sacramento del matrimonio. Poco a poco se fue pasando a la única alternativa de contraer matrimonio solo por el Juzgado, prescindiendo de la Iglesia, todo ello con la convicción moral de no caer en pecado y sentirse verdaderamente unido en tales vínculos, que ampliaba de forma clara y contundente, la conciencia ética. La evolución ha sido, digamos, lenta y, de forma paulatina, se ha conseguido el aplauso de un amplio sector social que al principio les costaba creer cómo dos personas se podían acostar juntas sin antes tener la bendición de Dios, porque se pensaba que, probablemente, Él no quería tener nada que ver con la bendición de la Justicia (por lo menos así nos lo hacían creer los profesionales que predican la palabra de Dios). Ha pasado algún tiempo y han sucedido muchas cosas, por ejemplo, padres y madres que no han ido a ver casarse a sus hijos porque el Juzgado no era lugar bendito; hijos desheredados incluso de la comunicación familiar por convicciones un tanto abstractas. Sin duda, se ha evolucionado. Puede ir usted tranquilamente a casarse por el Juzgado o por la Iglesia sin problemas; tiene licencia social para ir de blanco incluso. No la van a mirar con expresiones extrañas. Todo el mundo sabe, ahora, que aunque vaya de blanco ya ha compartido intimidades con su compañero porque eso forma parte de la pareja y de la evolución del mundo moderno, quitándole la importancia sexual que tiene y dándole, con reflexiones más o menos profundas, la importancia sentimental, espiritual, cultural, social, etc. que desde luego arrastra. La Iglesia va cediendo poco a poco ante esos imperativos; día a día ve como han ido disminuyendo sus «clientes»; los fieles más fieles han dejado de serlo (o han perdido bastante credibilidad) porque sus hijos no han podido ser bautizados ante el poder de Dios, porque ellos fueron casados en el Juzgado y, ante el Todopoderoso, no son marido y mujer. Y es que todavía, el monopolio de los bautizos (entre otros) aún lo sigue teniendo el poder eclesiástico.
Todo cambia y no hay peores cambios que más de trece años duren. Acaba de ser decretada una forma más de casarse que es en su ayuntamiento y por su alcalde, o persona en quien éste delegue. Ahora es el recinto de la sala de Plenos o Sala Magna, que con toda la solemnidad del mundo llenan las fotos de Reyes, altas banderas, alfombras rojas, grandes y rectangulares mesas talladas… además de los novios. El ordenanza municipal sustituye al monaguillo en la labor de recoger el arroz con el que los invitados bombardearon a los recién felices con el mismo semblante de cabreo por el trabajito extra. Es ahora el político de oficio quien actúa de secretario y explica a los futuros cónyuges las responsabilidades del compromiso del matrimonio. Es ahora el alcalde quien pronuncia las palabras: «por el poder que me otorga la ley, os declaro marido y mujer…» Y si da la casualidad de que los novios fueran de un partido diferente al alcalde, esperemos no oír: «por el poder que me otorga la Ley, o se afilian a mi partido o se pueden ir por donde han venido».
Tengamos esperanza de que esta nueva moda de casarse traiga unos óptimos augurios de más constante y duradera felicidad que de divorcios precipitados. De todas formas, de seguir así la cosa, me estoy pensando el empezar a promocionar los reportajes de divorcios. Al igual creo otra moda. ¿Se imaginan? ¡Dios me libre!