Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha (desconocida).
El arte no es para entender, sino para gozar. (Esperanza D’ors)
Llegué al salón grande donde estaban todos hechos, recién terminados. Ese característico olor a tinta impresa en papel reciclado que aún no había secado del todo; cogí un ejemplar y, al abrirlo, pasé un dedo por encima de un artículo al tiempo que lo «chafaba» impunemente, ése que justamente había costado tanto escribir. En el chibalete, encima de la bandeja, estaban los tipos de imprenta aún humeantes de tantas veces que habían pasado los rodillos de goma y que, a cada paso, enviaba un uniforme por ciento de aquella tinta negra aprovechada hasta los más inimaginarios momentos. La caja de Bodoni redonda seminegra de cuerpo treinta y seis aún permanecía semi-abierta porque era la última utilizada para el titular que debía resaltar más que el texto. Los tipos, todavía chorreantes de bencina que ligeramente fue tintada cuando el cepillo limpió el bloque de tipos que había sido amarrado por un poco menos de un metro de hilo bala, esperaban que el cajista-distribuidor los pusiera en su sitio; no había cosa que más les matara a las aleaciones que las pusiera en otra casilla que no fuera la suya; las «e» querían estar en su holgado espacio, que para eso eran muchas, y no en la casilla de los espacios finos u otra más estrecha; las «p» odiaban que las pusieran con las «q», o viceversa, y no es que fueran malas vecinas, no, no, sino que sus barrigas tenían sentido diferente, y que la mala distribución podía dar lugar a malos entendidos en la composición; cuántas fe de erratas se crearon para informar que donde ponía «puede» quería decir «quede», haciendo de esa forma que el querido lector no se hiciera un lío de comprensión gramatical.
Ya todo esto casi no se usa. Ahora son los modernos ordenadores con sus potentes escáneres quienes, de forma sofisticada, eficaz y ultra-rápida, pican textos. Antes, la página de un periódico era una obra de arte porque poner lo que tenías en la imaginación y encuadrarlo en todos aquellos lingotes de aleación de imprenta y que encima, al sumar puntos, se ajustara a las medidas correctas del tipómetro, eso era el no va más y, además, que tenía que ser así, porque sino, al sujetar el bloque con el hilo, todo lo que estuviera fuera de medida se caía al suelo al pasarlo a la rama de la máquina o, en el peor de los casos, los rodillos en su paso por el bloque de letras, levantaba las que estaban sueltas y las partía; así, una y otra y otra… Ahora el invento de las máquinas con pantalla, y de impresoras láser, y de escáneres que copian con fidelidad de trama fotográfica el más complicado de los diseños, logotipos, etc. son los que mandan, los que abarcan los mercados, los que deciden las tendencias y los que organizan y dirigen todos los trabajos. Mas o menos, vienen siendo el mismo perro pero con diferente collar, porque sigue habiendo algo que es tremendamente característico y va a ser difícil de suprimir, y es precisamente ese olor a tinta batida. El aspecto que producía contemplar esos botes de tinta semi-abiertos y chorreados, el componedor ya viejo e inservible que dejaron abandonado en la repisa de una estantería de pared, el serrín por los suelos para no patinar con el aceite de las máquinas, las mesas repletas de trabajos por distribuir y que el ayudante y el cajista dejaban siempre para los sábados. Esas contemplaciones esporádicas están situadas ahora en un segundo plano, porque el olor a tinta se esconde en los fondos de los locales, retirado del público, o en los sótanos. Pero seguimos oyendo rítmicas Minervas o los silenciosos claquidos de las máquinas offset, y de todas emergen ese olor a tinta.
Olor a tinta que cuando se vuelve a respirar, se empieza a recordar las carreras en los pasillos del taller para que los compañeros no cogieran antes la caja de tipos que necesitabas, o el componedor nuevo, o el chibalete que estaba al lado de la puerta para poder contemplar, al mismo tiempo que componías, a las chiquillas que por allí pasaran. Olor a tinta que recuerdan las horas extras que invertías porque los pensamientos eran más rápidos que las manos. Y al final, tu obra de arte realizada por completo con tus propias manos y con tu mente, la podías mostrar con gran orgullo porque, además, tenían olor a tinta, ese que hoy sigue estando entre nosotros, pese a tantos avances tecnológicos.