Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 10 de junio de 1995.
Podemos perder la razón, pero no la conciencia. (Rosseau)

No porque no, tampoco. Es lo que en mi pueblo se llama hacer o decir las cosas con argumentos. Esto viene a cuento porque, seguramente, en muchas ocasiones de nuestra vida, nos hemos encontrado con talantes un tanto extraños, con personas que desean manipular, ordenar, realizar o mover situaciones y personas, y, cuando no estamos conformes con algo y se les pregunta por qué hay que hacerlo así, nos contestan con un vacío «porque no», o «si porque si», que en definitiva es lo mismo porque sigue igualmente carente de contenido. Y qué pena dan esas personas cuando carecen de argumentos, de razones fundamentadas en pensamientos lógicos para cuando pregunta el por qué ha de hacerse tal cosa, no contestan de la forma que, para mí, es una de las maneras más básicas de entendimiento humano: con raciocinio. puede ser que dar explicaciones sea más incómodo, aunque debamos hacerlo (sin duda) por una cuestión, si quieren, llanamente ética. Puede ser incluso molesto (para algunos) profundizar sobre aquellos aspectos que, para otros, son más oscuros y precisan de una temprana respuesta. También puede ser que para quien no posee esos argumentos tenga que convencer con una respuesta sin fundamentos, sostenida en un liderazgo mal entendido, porque líder es precisamente aquel que convence más a los demás por sus actos, fuerza energética y comunicación, arrastrando a los seguidores que practican con una filosofía determinada a la que es afín.
La otra cuestión, sin más palabrerías, es la conciencia. Todo sea dicho; también las personas sin argumentos tienen conciencia, aunque algunas veces se encuentran dormidas. Esas personas actúan bajo una batuta hueca, que ordenan y mandan sin voz, que manipulan y controlan arrasando todo a su paso, también tienen conciencia, ya muchas veces agotadas de las veces que le ha tocado explicarle, una y otra vez, que eso no porque después se va a sentir mal, ya que todos tenemos noción (y no ligera) del concepto bueno y malo. ¿O es que cuando vemos un descapotable último modelo y un monopatín nos inclinamos por este último? O si nos pusieran un solomillo con salsa de champiñones y una lata de sardinas caducadas, ¿a qué le hincaríamos el diente primero? Hermanos sí, pero primos no. ¿Por qué cierra usted su casa? Porque hay amigos de lo ajeno. ¿Por qué los amigos de lo ajeno cierran también las puertas de sus casas? Porque los hay peores que ellos. Pero todos tienen conciencia.
De la conciencia y del encuentro con ella podríamos hacer un tratado, y esa no es mi intención. Existen técnicas orientales que aconsejan que, al término de cada día, repasemos lo que hemos hecho, que lo analicemos, que nos evaluemos para reconocer nuestras propias basuras y levantarnos al día siguiente con un poco de esperanza y fe en el intento de mejorarnos en la actuación con nosotros mismos y con los demás. Aconsejan que repasemos la relación calidad y cantidad de tareas que hicimos en ese día; nos aconsejan que valoremos nuestro comportamiento con nuestro yo; nos aconsejan que analicemos cómo fueron nuestras actitudes con los demás.
Desde luego, y de forma muy particular, no me siento con la capacidad suficiente para aconsejar por la enorme responsabilidad que ello conlleva, pero sí he de decir que ojalá todo fuéramos chinos y se nos pegara un poquito de la humanidad y espiritualidad que esos padres del cultivo del ser poseen. Oriente aprendió hace tiempo a cultivar a sus gentes. Ahora es occidente quien intenta hacer un amago copiándoles trocitos de su cultura, pero esperemos que el egoísmo del que dispone el mundo no se traspase a otras órbitas con vida porque, seguramente, les daríamos un susto.