Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 8 de abril de 1995.
Si dices que el amor no ha pasado por tu vida es que aún no has nacido.
RECIENTEMENTE, pasó por delante de nuestros ojos la onomástica de San Valentín, ese día especialmente reservado para aquellos que celebran el amor, o que están enamorados de alguien especial que no es su madre, ni su padre, ni sus hermanos, ni sus hijos, ni sus sobrinos, ni sus amigos, etc. Es un día para celebrarlo junto a la pareja y recordar que, pese a todas las pesadumbres que haya habido durante la relación, han sido los buenos momentos los que imperan para seguir celebrando más onomásticas juntos. Es un día para susurrarle al oído esos tonos cursis de «somos novios», intentando copiar, aunque sea un poco, del alma que ponía Antonio Machín cuando la cantaba. Ese día, que hoy tanto se materializa, es para raptar a tu pareja y sorprenderle con locuras sencillas como sacarla de su trabajo y de su rutina habitual, sin las preocupaciones de tener que recoger a los niños del colegio porque ya tu lo has hecho y se los has «enchufado» a tu suegra, y dar un hermoso paseo a pie de playa porque además coincidió que el día de San Valentín nos alumbró una preciosa luna llena que nos impregnó con la magia de su luz haciendo de esa velada una noche inolvidable. No hacen falta cenas magistrales con langosta ni espectáculos estimulantes para noches placenteras, ni siquiera camisones trasparentes que hagan que todo sea más rápido. No. Ese día es necesario vivirlo más intensamente, sin prisas, sin cadenas de oro que digan «Más que ayer y menos que mañana», ni cadavéricos ramos de flores que llenan de tristeza su y tu trozo de vida, sin aspectos externos que propicien un día verdadero porque sería mentira o fantasía por tener que recurrir a algo que no pertenece a nuestra imaginación para decir y demostrar simplemente que ella es lo más importante, y que es más que amor lo que hace que cada día me importe un bledo levantarme al lado de un amasijo de rulos y de caras encremadas, de que cada primavera forme parte de su habitual gripe, de que cada agosto la acompañe en su peregrinación y tenga que «patearme» algunos kilometrillos, aunque me considere practicante de mi propia filosofía religiosa. No es ningún sacrificio tener que ir con ella a comprarle los uniformes del colegio a los niños, ni venir cargado de la librería con la tonga de libros de todo el curso, ni acompañarla y aconsejarla en la compra del regalo para el cumpleaños de mi suegro porque, los flanes que me dedica la condenada, se merecen eso y más. En Navidad, en Reyes, en Carnaval, la fiesta consiste en disfrutar con ella todos esos momentos que alimentan cada día lo que recientemente celebramos: amarnos con naturalidad y con sinceridad, porque de otra forma, se notaría cuando uno de los dos ha pinchado cayendo en el común recurso de eso que llamamos buenos regalos por el día de los enamorados: un ramo de flores, una joya, una cena, un peluche con el letrerito de siempre…
Quiero pensar que la quiero de verás, y que todo eso es insuficiente: por ello, le regalo mi incondicional amor, ese que no se ve, ni se toca, ni se huele… Le regalo el amor que siente y mi única preocupación consiste en confirmar que le llega viendo una alegría que sólo sabe poner ella y que sentencia con el más maravilloso y sutil de los besos.
Confieso que soy muy mimoso, por ello, de forma clara y tajante intentaré, sin sacrificios, sorprenderla con mis locuras, celebrando el amor que nos brinda cada día. Que la quiero, que la amo y la adoro es más que verdad, porque eso solo lo sé yo. Pero, ¿cómo amarla cada día y que ella lo note sin morir en el intento?