Publicado en canaryinfo.com, abril 2008
Dijo Antonio Machado en una famosa y manida cita que «el necio, confunde valor con el precio». Y es que el valor de algo puede ser infinito aunque se le tenga que otorgar un precio concreto y se pueda considerar que el mismo no obedece a su valor real. También puede pasar al revés, pues puede haber cosas que tienen un alto precio y, en realidad, no posean un gran valor.
En mi opinión, en las relaciones laborales nos podemos encontrar a personas que trabajan dentro de las organizaciones cuya actitud no tiene precio, es decir, las empresas no tendrían dinero para pagar el esfuerzo, dedicación, compromiso, implicación, etc. que muestran cada día hacia la empresa para la que trabajan. Al contrario, podemos encontrarnos con personas que sale más barato mandarle el sueldo a casa que tenerlos dentro de la empresa, ya que su capacidad para contaminar a otras personas y, por ende, al clima de la empresa, es muy alto.
¿Qué es lo que te motiva venir todos los días al trabajo? Les preguntamos incansablemente a nuestros clientes. ¿Y si te ganaras una lotería primitiva u otro premio importante seguirías trabajando? Aquí las respuestas son realmente amplias y muchas de ellas empañadas por la deseabilidad social, es decir, por dar respuestas socialmente deseables. Algunas personas nos dicen, abiertamente, que lo que les motiva es ganar dinero y no salen de ahí. Otras personas te dicen que necesitan sentirse activas, útiles, vivas… y no salen de ahí. Otras personas hablan de sentirse realizados; esto último, en mi opinión, tiene que ver con pensar en colectivo, ya que uno tiene la necesidad de realizarse sirviendo a los otros cuando tiene cubiertas necesidades mínimas (algo parecido a la propuesta de Maslow: necesidades fisiológicas, de seguridad, sociales, de autoafirmación). Hay personas que les gusta y viven intensamente formar parte de un equipo y sentir que su aportación hace mover el engranaje en donde se encuentra: sirven a sus compañeros de trabajo para que éstos logren sus objetivos, ya sean jefes, compañeros con igual responsabilidad o personal a su cargo; aportan a la empresa ofreciendo alternativas, soluciones, propuestas, sugerencias. Se entregan a la causa de conseguir retos y objetivos ofreciéndose, con positividad, con optimismo real, con ilusión en los proyectos, con motivación interna, con responsabilidad, recurriendo unas veces al conocimiento y otras a las aportaciones del pensamiento creativo (de la imaginación, del ingenio, de «rompernos» la cabeza para buscar ideas, soluciones, etc.), con capacidad para comunicar y relacionarse con los demás, con capacidad para manejar adecuadamente sus pensamientos y emociones (ya que si no lo hacen, hay pensamientos y emociones que paralizan y no hay nada menos productivo que un talento improductivo), etc. Para estas personas que se esfuerzan en dar lo mejor de sí mismas, si tuviéramos que poner un precio a toda esta entrega, no habría dinero, ya que el dinero nos puede cubrir unas necesidades importantes y vitales, aunque no nos cubre la necesidad de sentirnos satisfechos tanto en lo personal como en lo profesional. Sentirnos satisfechos, orgullosos, “hinchados” hacia el cierre de cada día preguntándonos qué hice hoy, por qué, para qué, cuánto cómo, con quiénes… como si de un balance diario se tratara que va definiendo el grado de satisfacción cotidiano que nos hace sentirnos conformes con nosotros mismos y que nos hace conectar el “chip” de la mejora continua. Seguro que esta actitud de intentar hacer las cosas lo mejor posible cada día se transfiere y se transmite a los demás en cómo nos entregamos a los demás y en los resultados que obtenemos de esas interacciones. Más allá de las buenas intenciones, se encuentran las excelentes acciones, donde las sinergias de la construcción personal y profesional se confieren como binomio fundamental en esa entrega mínima cotidiana de la que hablo.
En el otro lado del mirador, podemos observar a aquellos quienes solo les interesa el dinero y el beneficio propio. Son esas personas que no han terminado de comprender ni de vivir los beneficios de servir a los demás. Aún metidos en sus yoísmos entienden que la vida propia es más agradable cuando se piensa que primero soy yo, luego yo y después yo. Son esas personas tremendamente egocéntricas que llegan al trabajo impuntual de manera sistemática y se van antes de la hora (o justitos). Pretenden beneficios de funcionario, pero sin serlo, como los horarios continuos, los altos salarios, incentivos, etc. Aunque saben qué es eso del trabajo en equipo, la colaboración, la iniciativa, la capacidad de superación, etc. les da miedo ponerla en práctica porque quizás les envuelva sentirse “tontos” al defender algo que no es suyo. ¡Eso sí que es una tontería! ¿Verdad? Pues si no defiendo, me ocupo y entrego a la empresa que me tiende la mano dándome oportunidades para trabajar y desarrollarme, poco agradecido soy de la vida. Y por supuesto que hay de todo en la viña del Señor, tanto del empresariado como de los trabajadores. Se me ocurre que, por ejemplo, los empresarios tiranos se puedan convertir en líderes positivos que han aprendido y comprendido los efectos de la humanización dentro de la empresa que se rige por comportamientos cercanos y razonables; por otro lado, los empleados frescos podrían convertirse en personas que velan por los intereses de su empresa y no permiten que nada ni que nadie les pueda perturbar el futuro de la empresa (que es también el suyo), bienestar y satisfacción.
Al maestro Machado le tendríamos que dar la razón cuando en su mensaje, nada sutil, defiende que es una tremenda necedad comparar valor con precio. Ese incalculable valor de las personas excelentes, tanto empresarios como empleados, que intentan cada día realizar una labor (social, económica, cultural…) y dedicar no pocos esfuerzos en que las personas que están a su alrededor estén produciendo beneficios, disfrutando y aprendiendo al mismo tiempo, algo que hace que todos salgamos ganando y tremendamente satisfechos, tanto por lo que hemos dado como por lo que hayamos recibido.
¿Esperamos a recibir primero o empezamos a entregar desde ahora? Esa opción la tiene cada persona. Puedes elegir siempre: crecer dando o estancarse recibiendo.