Publicado en el periódico EL DIA, columna EL FRÁGIL RINCÓN DE LOS SENTIMIENTOS, fecha 6 de agosto de 1996.
SERÍAN, aproximadamente, las tres y media de la madrugada cuando decidí volver a casa después de una jornada de copas que compartí con un amigo. Fue ese tipo de veladas en el que uno se pone a darle a la cháchara y no para hasta las tantas y, cuando te das cuenta, ya te has convertido en calabaza. Además, la marcha lagunera en fechas de exámenes finales, invita a quedarse un ratito más por el ambiente un tanto loco pero atractivo que encanta a más de uno, alargando las copas pidiendo al camarero, con descaro, hielo a tutiplén.
Como es obvio, cuando uno ya se convence de que debe retirarse y coger el coche para llegar a casa, nada más darle al contacto de arranque, esa locura se convierte de repente en responsabilidad propia y de terceros, haciéndonos la consiguiente pregunta: ¿puedo o no puedo? Parpadeo varias veces y compruebo que veo con toda lucidez y es cuando entonces pongo la marcha atrás para sacar el troncomóvil del aparcamiento. A partir de ahí me convierto en una máquina de conducir atento a cualquier imprudencia o temeridad propia o ajena, o en todo caso, a cualquier despiste de conducción nocturna. Coges los primeros kilómetros de semáforos hasta que la autopista se presenta delante toda para ti. Entonces, es cuando dices, ¿por qué no? Si yo controlo… y metes la pata hundiendo el acelerador; sabes que no eres Fittipaldi pero como ya ese recorrido te lo has chupado varias veces, no piensas en que puede ocurrir cualquier cosa que salga fuera de tu control. Y así, coges la curva de la p… cola a ciento y pico por el carril del centro; y como la pasaste sin problemas ya eres el rey y amo de la carretera. ¡Qué cogno! A más pico que antes, en la curva de Tabaiba hasta le picas la luz a uno que en un amago de adelantamiento inoportuno, abortó la idea tras ver en su retrovisor mi desesperada impaciencia. ¡Que chachi soy! Mi ego, totalmente pasmado por mis habilidades conductoras, se reafirma y revoluciono aún más mi coche hasta que en la curva de Las Caletillas un conejito (puñetero conejito) cruza delante de mí aquella intransitada autopsia llena ahora de mi peligrosa velocidad. Haciendo alarde de mi habilidad en el volante y de mi carácter proteccionista al medio ambiente, clavo frenos allí mismo para evitar matar al animalito y para «controlar» (en plena curva) la maniobrabilidad del coche. Bueno, pues aprendí en la práctica la lección de física de velocidad de progresión acelerada haciendo un trompo de ciento ochenta grados y acabé pegado al arcén; inmediatamente me acordé de los que venían detrás y maniobré con celeridad para incorporarme de nuevo al carril de la derecha sin más cuento que primera a toda leche y segunda y respiración profunda cuando ya estaba en dicho carril como si nada hubiera pasado. El corazón se me salía del tórax en cada movimiento diastólico y mis respiraciones se volvieron en jadeos profundos; el sudor recorría todo mi cuerpo y mi frente emulaba, sin envidia, a los saltos de Iguaçú. Mi mente se reprochaba ahora tantas cosas: ¿Con qué controlabas, eh? ¿y si llegas a atropellar al conejito, además del sentimiento de culpa por haber matado al pobre animalejo, qué podría haberte pasado? ¿Y si no hubieras tenido tanta suerte y te hubieras matado como un perro contra las vallas del arcén o contra las de la mediana? ¿Y si detrás hubieran venido otros tan rápido como tú y se la hubieran pegado contigo?
Comprendí que, en aquel instante, volví a nacer; aunque ya estaba un poco más sereno, una pelota de amasijos emocionales en la boca del estómago hizo su presencia, lo que descubría abiertamente mi estado de nerviosismo y de preocupación. Esta toma fotográfica, un primer plano de la vida, fue la mejor foto que pude hacer esa noche, sirviéndome lo ocurrido como el mejor signo a tener en cuenta para futuras conducciones.